¿Respetar los gustos de los niños o imponer los nuestros?

¿Respetar los gustos de los niños o imponer los nuestros? Todos nos hemos enfrentado a un “esto no me gusta” rotundo de nuestros hijos ante algún alimento. Pero, ¿qué hay detrás de esta negativa? ¿Hay que hacerles caso o insistir más? Te ofrecemos algunas ideas para entender mejor qué se esconde tras las preferencias alimentarias y para aprender a mejorarlas.

¿Respetar los gustos de los niños o imponer los nuestros? - Veritas

Lo primero que hay que saber es que la mayoría de las preferencias alimentarias se adquieren a través del aprendizaje. Las investigaciones sobre el tema concluyen que sólo son innatas la preferencia por el sabor dulce y el rechazo del sabor amargo. Aun así, si dejamos estos sabores al margen, el resto se aprenden, y los padres, como en tantos otros aspectos, tienen un papel fundamental durante el proceso.

  • Tomamos decisiones: somos lo que escogemos qué alimentos comerán.
  • Somos sus modelos: imitan todo lo que hacemos, incluyendo lo que comemos.
  • Implantamos estrategias: utilizamos recursos para conseguir que coman, como premios, castigos, presiones, etc.

Todos estos elementos conforman el contexto en que se desarrollan las preferencias alimentarias, además de otros aspectos como las modas, la publicidad o la influencia de los amigos y otros elementos fisiológicos y neurológicos que tienen que ver con los sentidos y el cerebro.

¿Respetar los gustos de los niños o imponer los nuestros?

¿Cómo podemos saber cuándo a nuestros hijos no les satisfará realmente una cosa y cuándo nos están engañando? Para empezar, hay que relativizar todo lo que nos dicen, porque a la mayoría de los pequeños no les suelen gustar los alimentos que no les resultan familiares. Por esta razón, siguen imitando a sus padres con la comida, y es responsabilidad nuestra enseñarles. Si unos padres no comen verduras, lo más probable es que su descendencia tampoco.

Por eso, ante una situación de negación, la reacción es clave para evitar que una aversión alimentaria puntual se acabe convirtiendo en una conducta. Tenemos que ser firmes, pero actuar con amor. Ni obligarles a comer ni sustituir el alimento por otro les ayuda a tener una buena relación con la comida ni a desarrollar preferencia por lo que es saludable. Tenemos que enseñarles a comer de la misma forma que les enseñamos a abrocharse el abrigo, a cruzar la calle o a atarse los zapatos. El paladar, como tantas otras cosas, se educa con paciencia, respeto, seguridad y más paciencia.

Leann L. Birch, doctora en psicología y una de las grandes especialistas mundiales en preferencias y aversiones alimentarias, considera que para saber si a un niño no le gusta realmente un alimento hay que ofrecérselo entre 8 y 10 veces sin que haya un contexto emocional asociado, ni coacción, ni premio, ni problemas gastrointestinales después de la ingesta.

También es importante introducir alimentos nuevos con inteligencia, jugando con las intensidades de sabor y las preferencias innatas. Por ejemplo, si sabemos que los niños tienen preferencia por el dulce, podemos hacer platos que combinen verduras dulces con otras más amargas. Además, en un estudio realizado con niños en 1996, Brich apuntaba que la combinación de alimentos altos en calorías y nutrientes (como la carne) con verduras favorece la formación de preferencias hacia los vegetales.